jueves, 16 de enero de 2014

The Hunger Games



It is funny how often we dismiss the works of "young adult fiction" into the realm of the non-literary works. As far as I know there is no established cannon that determines when a book admitted into the library of "literature." since the book industry in the U.S. and Britain provide us with the convenient categories to sort out our bookshelves many great books are destined to fall in the often forgotten and underrated realm of "fiction."

First of all, "fiction" is a very broad concept difficult to define in literature but too easily defined in the book industry. Stephen King? Fiction; J.K. Rowlings? Fiction; Aldous Huxley? Literature; Suzanne Collins? Young Adult Fiction. I am almost 30 years old and I read Young Adult Fiction. About three weeks ago, my eight grade students started raving about a series of books called "The Hunger Games." When I inquired further about the premise of the series, I found it difficult to accept.  A futuristic world in which children fight to the death in a reality show version of-what can only be compared to-The Roman Gladiators. I was concerned that my  barely thirteen year old students would be exposed to even more violence than usual and I challenge the suitability of it for a group of middle school teenagers. When I started reading the first book, I will admit I was hooked. With some embarrassment I have always debated the difference between what I read for pure entertainment and what I read for intellectual hunger. I found The Hunger Games fascinating and twisted.

Katniss, the protagonist, lives in a nightmare worthy society: totalitarian and superficial. In her country, Panem, children from all districts are selected each year and forced to kill for survival while being watched on T.V. by a captivated audience, captive in more ways than one.
The name of the country "Panem" resonated in my memory of Roman history. "Panem et Circenses" was the motto by which Ancient Rome managed to entertain and hold a strong grip over its citizen: giving them bread (panem) and circuses(circenses). The concept, if you think about it, sounds awfully familiar and current. Entertaining the masses so they will ignore and dismiss the real, fundamental flaws of the government and society.
After I finished the first book of the series and moved on to the second and third in what can only be described as literary hunger, I understood that what Collins does with this fictional world is just as note-worthy as many of the literary works of dystopian tradition. I had a hard time explaining to my students what a dystopia was, since they had even less idea of what a Utopia may look like. The only explanation that I could provide, was that of a world where government enforces the idea that they have the best of all possible worlds while in reality it is probably the worse, a concept that, once again, sounds very familiar.

It is difficult to explain how very pertinent "The Hunger Games" turn out to be in the psychology of the 21st century society. Mil.ions of people tun in every day to watch people tear each other apart, metaphorically speaking, in reality shows. The more escalating the violence and the "drama," larger the audience. Producers and hosts of these shows thrive to stir the pot and propitiate confrontation. Our hunger  for violence and gore only increases as the media feeds us with it. Then, really, how far away are we from hosting the  surge of real life hunger games.

Most Westerners couldn't care less for the poverty and starvation that many countries through the world suffer. The twenty-first century arrived and human trafficking still exists and is still in demand in rich countries. Therefore, the idea of a dystopian society where the powerful elites are entertained by other people's misery is not that far fetched. Despite the violence and crudeness of The Hunger Games novel, in the end I find it to be a riveting story, well constructed, with an acute aesthetic logic for the creation of its structure.

I am glad that my students are reading it, it has a powerful political message about the antics of power and the role that entertainment plays in the scheme. In itself, the novel is a lesson in civic values and the power of inconformity that entices the reader to keep on reading more. What else could a teacher like me want?

domingo, 28 de julio de 2013

Josephine Baker y las princesas


Hace meses, en el más reciente Festival de la Palabra que se celebró en Puerto Rico, tuve la oportunidad de asistir a varias conferencias dictadas por excelentes escritores. En la charla magistral de Almudena Grandes ella relató una anécdota que  todavía sigue dando vueltas en mi cabeza. Intentaré parafrasear el contenido de la misma:

Almudena nació en el 1960, por lo que (según ella misma explicó) a sus 12 o 13 años solamente conocía la España de Franco. Un día, en la cocina de su casa ella observó la portada de la revista Hola donde mostraba la foto de una tal “Josefina Baker” rodeada por un ejercito de niños. Almudena preguntó quién era esa señora (ella no entendía por qué podía resultarle interesante a los españoles esa señora). Y su madre le contestó que Josephine Baker era una artista que cantaba y bailaba casi desnuda en los teatros de Francia y Madrid en los años 30. Para Almudena, era inimaginable pensar que en la época de su abuela la gente podía ir a un teatro en Madrid a ver a una mujer cantar casi desnuda.  Ella explica que fue la primera vez que se le ocurrió que en el pasado pudieran ser más progresistas, que el progreso no era una línea recta.

Leer la biografía de Josephine Baker me hace pensar en lo pusilánimes que podemos llegar a ser las mujeres de hoy en día.  Los riesgos que ella corrió para ayudar a la resistencia francesa contra los Nazi, la idea de llegar tan lejos luego de haber vivido en la calle a los 13 años, me hacen cuestionar que tanto ha cambiado el prototipo de mujer que aspiramos a ser. 

Contemporánea de Baker, Irena Slender salvó a 2,500 niños del ghetto de Varsovia y evitó que murieran en campos de concentración. Cuando los Nazis la arrestaron, la torturaron, le rompieron ambas piernas y la condenaron a muerte. 

Estas mujeres no leían Cosmopolitan, ni se preocupaban por su "work-life" balance. Inclusive Baker, que fue amiga de Grace Kelly y que vivía una vida de glamour y espectáculo, usaba su notoriedad para reforzar las causas en las que creía. Arriesgaba su vida, tomaba riesgos políticos y motivaba a otros a tomar riesgos políticos. 

Mientras que en el 2013, las mujeres de occidente hemos aprendido a ser superficiales, a preocuparnos por las arrugas y las modas y comprometernos con causas sociales pero sólo desde la periferia, de manera que no sea muy incómodo. 

martes, 1 de enero de 2013

Jugando a salvar al mundo


El escritor estadounidense David Foster Wallace, decía (y estoy parafraseando de una manera bastante simplista) que si el cinismo y la incredulidad se habían convertido en la actitud oficial, “mainstream” de la cultura occidental, entonces tal vez los ”rebeldes” seríamos los optimistas, los emocionales, los románticos. Los que todavía miramos al mundo con esperanza.
Independientemente de las ideologías políticas o religiosas, para mí, hoy es un día para reflexionar acerca del hecho de que, en este mundo, no estamos solos.  En nuestras casa, escuelas, iglesias, comunidades tenemos que interactuar con nuestro prójimo. Todos vivimos en este país, en este continente, en este planeta, en este  “barco” al cual le falta dirección, y si no empezamos a trabajar juntos para mantenerlo a flote, vamos a zozobrar, TODOS juntos.
El dinero, los bienes materiales, el prestigio no puede darnos nada más que una satisfacción temporal;  las acciones más pequeñas y nuestro comportamiento con la gente que nos rodea, ya sean familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos o la señora que nos atiende en la farmacia van a ser el verdadero indicador de nuestro carácter, de nuestro espíritu. 
Me parece que ya es hora para dejar de anestesiarnos con zapatos, televisores, iPhones, comida, alcohol, carros y armas, y aceptar que lo único verdadero y significativo que existe en nuestras vidas, son las personas que nos aman y a quienes amamos.  Inclusive, las personas que intervienen en nuestras cotidianidad de manera tangencial, forman parte de ese gran mosaico que es nuestra vida. Cada escena en la que hemos sido crueles, injustos, egoístas, violentos, deshonestos con alguien es una manera de perder voluntariamente el derecho a tener ciertas expectativas de los demás. Es mucho más fácil ser cínico. Ser cínico implica que anulamos las expectativas que los demás tienen acerca de nosotros mismos ya que nosotros no esperamos nada de ellos.  Llevamos más de medio siglo de cinismo consistente en el discurso cultural… y no nos está resultando muy bien que digamos.  
La celebración de la Navidad, es en sí misma la celebración del nacimiento de unos ideales que a muchos nos resultan a veces conflictivos: “amar al prójimo como a uno mismo” y “poner la otra mejilla”. Esas dos propuestas, por simples que parezcan, resultan radicales.  Si por un minuto, ponemos a  un lado la perorata de cómo y con quién las religiones organizadas practican o no la caridad. Sólo por un minuto, mirar estas dos ideas como si fueran postulados de ética propuestos por un filósofo cualquiera. 
Amar al prójimo como a uno mismo, bien podría estar parafraseando las ideas del “karma”.  Más allá de eso, el amor es un sentimiento que no sólo enaltece al ser humano, sino que también lo hace más feliz.  El ser humano invierte demasiadas energías en “protegerse” de los demás. Nuestro miedo visceral a ser juzgados, maltratados, heridos, atacados o traicionados hace que caminemos por el mundo con el corazón escondido debajo de capas y capas de manías, protocolos y neurosis que solamente sirven para mantener a los demás a raya, y todo eso requiere demasiada energía, un esfuerzo, una cierta alerta mental que resulta agotadora. ¿Por qué se nos hace tan pesado y exhaustivo ir a trabajar? Muchas veces, durante las vacaciones, realizamos actividades que requieren mucho más esfuerzo físico que los que hacemos a diario, sin embargo no invertimos tantas energías en “protegernos” de los demás. Si amaramos al prójimo, o por lo menos si no lo odiáramos o no le temiéramos, tendríamos más energía para invertir en ser felices. Inclusive, muchas veces es la competencia con los demás la que impide que los identifiquemos como “prójimo”.
“Como a sí mismo” dice muchas cosas, no solamente sobre la intensidad del amor que uno debe demostrarle a los demás, sino también con el que se debe tener hacia uno mismo. Si no te amas, respetas, admiras y sientes compasión hacia ti mismo, entonces amar al prójimo de esa manera no dice mucho. DFW decía—y nuevamente estoy parafraseando de una manera simplista—que las personas deberíamos tener por nosotros mismos la misma capacidad de compasión que somos capaces de sentir por los demás. Si pensamos en un momento de nuestras vidas que hemos sido sinceros, éticos, bondadosos, cariñosos y comprensivos con otro ser humano y pudiéramos manifestar esos sentimientos hacia nosotros mismos, podríamos perdonarnos y superar todas esas culpas con las que muchas veces cargamos. Verme, a mí misma, como un prójimo hacia el cual se debe sentir compasión y afecto. Tal vez así sería más fácil sentir compasión y afecto por los demás.

En fin, sentir compasión y afecto por uno mismo y por el mundo, tal vez sería posible, entonces, hablar de un mundo mejor.

“Poner la otra mejilla” para muchas personas es sinónimo de ser pendejo y dejar que te jodan la vida. Sé que esta es posiblemente una de las ideas más radicales y más difíciles de asimilar en esa propuesta filosófica. Mirar a una persona que te ha herido, traicionado, humillado, insultado, difamado o perjudicado de alguna manera y arrancar de tu corazón los sentimientos de odio, ira, rencor o resentimiento. Pienso—y esto soy yo—que la razón por la cual es tan difícil perdonar consiste en la imposibilidad de realmente SENTIR el perdón. Tal vez el ejercicio de perdonar funcione al revés de cómo lo intentamos tradicionalmente. Esperamos el momento en que SENTIMOS que hemos perdonado para ACTUAR como si hubiésemos perdonado. Hacerlo al revés tal vez parezca hipocresía. Mi pregunta es: ¿Cuál es el indicador más auténtico de nuestro carácter, nuestros sentimientos o nuestra voluntad? Pocas veces tenemos un verdadero control sobre los sentimientos que nos invaden, sin embargo todos los días tomamos decisiones que a veces contravienen nuestros sentimientos: nos levantamos de la cama aunque quisiéramos seguir durmiendo; no comemos un postre que deseamos por tener cuidado con el azúcar; respetamos una luz roja y otras leyes de tránsito aunque tengamos prisa; nos controlamos cuando quisiéramos golpear a alguien. Y si perdonar fuese un ejercicio de voluntad que eventualmente conduce al sentimiento. Una autora española, Mercedes Salisachs, propone—parafraseo torpemente—que a veces el amor no se siente sino que se practica. Nuestros sentimientos no significan nada si no actuamos a su respecto. Perdonar, tal vez, es un sentimiento que se alcanza a través de su ejercicio. ACTUAMOS como si hubiésemos perdonado—porque eso es lo que hemos decidido hacer, eso es lo que nuestra voluntad dispone—y eventualmente SENTIMOS  el perdón. Una persona muy querida y muy sabia me dijo una vez “tú no puedes perdonar más de lo que has sido perdonada” y tal vez para poder “poner la otra mejilla”  es importante perdonarnos a nosotros mismos. Convertir la compasión en un ejercicio desde adentro hacia el resto del mundo, comenzando por uno, luego por aquellos más cercanos a nosotros—cuyas traiciones y ofensas duelen más—y finalmente a los desconocidos.  

Tal vez esto que aquí escribo sea sólo un montón de palabras y no creo que trasciendan más allá de ser un manifiesto para mí misma, una decisión que tomo todos los días sobre mi papel en el mundo, en la vida de quienes conmigo se cruzan. Pero con dos o tres personas que tomen esas mismas decisiones, tal vez podamos—como dice Coca Cola—volver a jugar a que salvamos al mundo.


FELIZ 2013!!!!!!!

sábado, 5 de mayo de 2012

Cartelera de la noche: El País vs. La Barbarie


Dentro de unas horas, casi un millón de personas—probablemente más—va  a encender su televisor par a ver a dos tipos que nunca han conocido en persona golpearse hasta el cansancio hasta que uno de ellos quede casi inconsciente. El que quede, a duras penas, de pie será felicitado y ensalzado por una multitud de gente al borde de la ebriedad, muchos completamente ebrios.  Recibirá un premio  por ser el más fuerte, el mejor peleador, y con la cara desfigurada recibirá un cheque por millones de dólares. Su madre, su esposa y sus hijos no podrán reconocerlo por unos cuantos días. Pero todo habrá valido la pena porque ganó. Y mientras los adultos del país se prestan para la celebrar el espectáculo, se reunirán en casas de vecinos y amigos, beberán sin ningún control, celebrarán cada puñetazo que dé Miguel Cotto. Mientras más letal el golpe, mayor será la celebración.  Si Cotto gana, su victoria servirá de pretexto para manifestar un orgullo nacional cohibido por los accidentes históricos. Gritarán, fuera de sí festejando una ocasión de “orgullo boricua”.
Mientras todo esto ocurre, millones de niños, sus hijos, los observarán. Y cuando esos mismos niños se encuentren en una situación de conflicto con otras personas, recordarán la alegría que sentían sus padres mientras Cotto golpeaba a su oponente. Y, si sus padres fueron capaces de semejante celebración en una noche como hoy por la competencia pugilística de un tipo que no conocen, será lógico pensar que también se sentirán orgullosos cuando sus niños lleguen a la casa con la novedad de que le partieron la cara a un compañero de escuela: finalmente, ¿no es lo mismo?
Queremos una sociedad más justa para nuestros niños, queremos menos violencia, hablamos de diálogo y de tolerancia. Pero aplaudimos como focas rabiosas las demostraciones políticas de testosterona de nuestros gobernantes, cuando actúan como gladiadores rabiosos en la arena política. Detenemos el país entero para ver a dos hombres—mortales como cualquiera—golpearse. Sin embargo queremos que nuestros hijos y nuestros vecinos se conduzcan con ecuanimidad  y criterio. Somos unos hipócritas.

lunes, 9 de abril de 2012

El muchacho de envidiable postura




El lenguaje corporal de las personas es verdaderamente sorprendente. Para ser una persona tan descuidada con respecto al propio—transparente como un cristal en cuanto a mis emociones—es sorprendente que note tanto el ajeno.
Estoy sentada en un Starbucks aprovechando las mini-vacaciones para adelantar mi tesis. Frente a mí observo a un muchacho con una actitud y lenguaje corporal muy inusual. Sentado en un pequeño sofá, tiene una postura envidiable, casi trinco, como si alguien le hubiera dicho toda la vida “siéntate derecho”.  Con los codos apoyados sombre ambas piernas,  sostiene un café en una mano y su celular en la otra. Está solo y mira a través de la ventana que da a la avenida. Casi juraría que espera a alguien.  En un ambiente como el de Starbucks, es común ver gente en actitud relajada, echados contra un sofá, sin prisas ni expectativas. Este muchacho de postura envidiable no baja la guardia, no se reclina contra el sofá. Sería fácil de entender su postura si tuviera un interlocutor con el que requiere proximidad para comunicarse. Sin embargo su “seriedad” , por ponerle un nombre, me parece más una actitud de expectativa, está listo y dispuesto para levantarse del sofá en cualquier segundo para recibir algo o a alguien.  Su pose y lenguaje corporal me hacen pensar en gente de otra época que trataban a toda hora de conducirse con propiedad y solemnidad. Nosotros somos más una generación de “dejarse llevar”, relajados e inconmovible frente a las corrientes de la vida. Este muchacho de postura envidiable es una ente anacrónico de nuestros tiempos. Finalmente entra un hombre de traje y lo saluda con un apretón de manos.
Entrevista de trabajo, lo explica todo.

Bacteria

Julio-Agosto 2024 No lo vi venir. Veo venir muchas cosas, a veces me siento como Cassandra, pero esto no lo vi venir. Estoy, soy, sigo a...