Pienso mucho últimamente en el hecho de que uno no lo sabe cuando está viviendo uno de los momentos más felices de su vida. Me parece injusto no tener ese conocimiento en el momento que ocurre. Es cruel saber que uno pasará por los eventos y las emociones sin afilar la mirada tratando de fijar el recuerdo.
Pasarán varios años, cuando la alegría sea
escasa y ves una foto escuchas una canción, reconoces un olor y recuerdas una
alegría inmensa que no se repitió con la misma intensidad. Ese día en la justa
perspectiva que ofrece el tiempo y la distancia que siembra la vida, sabrás que
fue el momento más feliz.
Una se reconoce en las fotografías, pero
también reconoce que la sonrisa ha cambiado, que la risa no tiene la misma fuerza,
ni el mismo eco. Creciste, niña, creciste y con el recuerdo de la risa acrecienta
el reconocimiento que hay alegrías que nunca se replican sin la juventud.
La adultez se convierte en un ejercicio de
extrañar, extrañar personas, lugares, momentos que no disfrutamos con la
conciencia de su peso y gravedad en nuestra aventura sobre el planeta.
La adultez es un ejercicio de nostalgia, siempre tratando de replicar la magia de las posibilidades.
