martes, 1 de enero de 2013

Jugando a salvar al mundo


El escritor estadounidense David Foster Wallace, decía (y estoy parafraseando de una manera bastante simplista) que si el cinismo y la incredulidad se habían convertido en la actitud oficial, “mainstream” de la cultura occidental, entonces tal vez los ”rebeldes” seríamos los optimistas, los emocionales, los románticos. Los que todavía miramos al mundo con esperanza.
Independientemente de las ideologías políticas o religiosas, para mí, hoy es un día para reflexionar acerca del hecho de que, en este mundo, no estamos solos.  En nuestras casa, escuelas, iglesias, comunidades tenemos que interactuar con nuestro prójimo. Todos vivimos en este país, en este continente, en este planeta, en este  “barco” al cual le falta dirección, y si no empezamos a trabajar juntos para mantenerlo a flote, vamos a zozobrar, TODOS juntos.
El dinero, los bienes materiales, el prestigio no puede darnos nada más que una satisfacción temporal;  las acciones más pequeñas y nuestro comportamiento con la gente que nos rodea, ya sean familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos o la señora que nos atiende en la farmacia van a ser el verdadero indicador de nuestro carácter, de nuestro espíritu. 
Me parece que ya es hora para dejar de anestesiarnos con zapatos, televisores, iPhones, comida, alcohol, carros y armas, y aceptar que lo único verdadero y significativo que existe en nuestras vidas, son las personas que nos aman y a quienes amamos.  Inclusive, las personas que intervienen en nuestras cotidianidad de manera tangencial, forman parte de ese gran mosaico que es nuestra vida. Cada escena en la que hemos sido crueles, injustos, egoístas, violentos, deshonestos con alguien es una manera de perder voluntariamente el derecho a tener ciertas expectativas de los demás. Es mucho más fácil ser cínico. Ser cínico implica que anulamos las expectativas que los demás tienen acerca de nosotros mismos ya que nosotros no esperamos nada de ellos.  Llevamos más de medio siglo de cinismo consistente en el discurso cultural… y no nos está resultando muy bien que digamos.  
La celebración de la Navidad, es en sí misma la celebración del nacimiento de unos ideales que a muchos nos resultan a veces conflictivos: “amar al prójimo como a uno mismo” y “poner la otra mejilla”. Esas dos propuestas, por simples que parezcan, resultan radicales.  Si por un minuto, ponemos a  un lado la perorata de cómo y con quién las religiones organizadas practican o no la caridad. Sólo por un minuto, mirar estas dos ideas como si fueran postulados de ética propuestos por un filósofo cualquiera. 
Amar al prójimo como a uno mismo, bien podría estar parafraseando las ideas del “karma”.  Más allá de eso, el amor es un sentimiento que no sólo enaltece al ser humano, sino que también lo hace más feliz.  El ser humano invierte demasiadas energías en “protegerse” de los demás. Nuestro miedo visceral a ser juzgados, maltratados, heridos, atacados o traicionados hace que caminemos por el mundo con el corazón escondido debajo de capas y capas de manías, protocolos y neurosis que solamente sirven para mantener a los demás a raya, y todo eso requiere demasiada energía, un esfuerzo, una cierta alerta mental que resulta agotadora. ¿Por qué se nos hace tan pesado y exhaustivo ir a trabajar? Muchas veces, durante las vacaciones, realizamos actividades que requieren mucho más esfuerzo físico que los que hacemos a diario, sin embargo no invertimos tantas energías en “protegernos” de los demás. Si amaramos al prójimo, o por lo menos si no lo odiáramos o no le temiéramos, tendríamos más energía para invertir en ser felices. Inclusive, muchas veces es la competencia con los demás la que impide que los identifiquemos como “prójimo”.
“Como a sí mismo” dice muchas cosas, no solamente sobre la intensidad del amor que uno debe demostrarle a los demás, sino también con el que se debe tener hacia uno mismo. Si no te amas, respetas, admiras y sientes compasión hacia ti mismo, entonces amar al prójimo de esa manera no dice mucho. DFW decía—y nuevamente estoy parafraseando de una manera simplista—que las personas deberíamos tener por nosotros mismos la misma capacidad de compasión que somos capaces de sentir por los demás. Si pensamos en un momento de nuestras vidas que hemos sido sinceros, éticos, bondadosos, cariñosos y comprensivos con otro ser humano y pudiéramos manifestar esos sentimientos hacia nosotros mismos, podríamos perdonarnos y superar todas esas culpas con las que muchas veces cargamos. Verme, a mí misma, como un prójimo hacia el cual se debe sentir compasión y afecto. Tal vez así sería más fácil sentir compasión y afecto por los demás.

En fin, sentir compasión y afecto por uno mismo y por el mundo, tal vez sería posible, entonces, hablar de un mundo mejor.

“Poner la otra mejilla” para muchas personas es sinónimo de ser pendejo y dejar que te jodan la vida. Sé que esta es posiblemente una de las ideas más radicales y más difíciles de asimilar en esa propuesta filosófica. Mirar a una persona que te ha herido, traicionado, humillado, insultado, difamado o perjudicado de alguna manera y arrancar de tu corazón los sentimientos de odio, ira, rencor o resentimiento. Pienso—y esto soy yo—que la razón por la cual es tan difícil perdonar consiste en la imposibilidad de realmente SENTIR el perdón. Tal vez el ejercicio de perdonar funcione al revés de cómo lo intentamos tradicionalmente. Esperamos el momento en que SENTIMOS que hemos perdonado para ACTUAR como si hubiésemos perdonado. Hacerlo al revés tal vez parezca hipocresía. Mi pregunta es: ¿Cuál es el indicador más auténtico de nuestro carácter, nuestros sentimientos o nuestra voluntad? Pocas veces tenemos un verdadero control sobre los sentimientos que nos invaden, sin embargo todos los días tomamos decisiones que a veces contravienen nuestros sentimientos: nos levantamos de la cama aunque quisiéramos seguir durmiendo; no comemos un postre que deseamos por tener cuidado con el azúcar; respetamos una luz roja y otras leyes de tránsito aunque tengamos prisa; nos controlamos cuando quisiéramos golpear a alguien. Y si perdonar fuese un ejercicio de voluntad que eventualmente conduce al sentimiento. Una autora española, Mercedes Salisachs, propone—parafraseo torpemente—que a veces el amor no se siente sino que se practica. Nuestros sentimientos no significan nada si no actuamos a su respecto. Perdonar, tal vez, es un sentimiento que se alcanza a través de su ejercicio. ACTUAMOS como si hubiésemos perdonado—porque eso es lo que hemos decidido hacer, eso es lo que nuestra voluntad dispone—y eventualmente SENTIMOS  el perdón. Una persona muy querida y muy sabia me dijo una vez “tú no puedes perdonar más de lo que has sido perdonada” y tal vez para poder “poner la otra mejilla”  es importante perdonarnos a nosotros mismos. Convertir la compasión en un ejercicio desde adentro hacia el resto del mundo, comenzando por uno, luego por aquellos más cercanos a nosotros—cuyas traiciones y ofensas duelen más—y finalmente a los desconocidos.  

Tal vez esto que aquí escribo sea sólo un montón de palabras y no creo que trasciendan más allá de ser un manifiesto para mí misma, una decisión que tomo todos los días sobre mi papel en el mundo, en la vida de quienes conmigo se cruzan. Pero con dos o tres personas que tomen esas mismas decisiones, tal vez podamos—como dice Coca Cola—volver a jugar a que salvamos al mundo.


FELIZ 2013!!!!!!!

sábado, 5 de mayo de 2012

Cartelera de la noche: El País vs. La Barbarie


Dentro de unas horas, casi un millón de personas—probablemente más—va  a encender su televisor par a ver a dos tipos que nunca han conocido en persona golpearse hasta el cansancio hasta que uno de ellos quede casi inconsciente. El que quede, a duras penas, de pie será felicitado y ensalzado por una multitud de gente al borde de la ebriedad, muchos completamente ebrios.  Recibirá un premio  por ser el más fuerte, el mejor peleador, y con la cara desfigurada recibirá un cheque por millones de dólares. Su madre, su esposa y sus hijos no podrán reconocerlo por unos cuantos días. Pero todo habrá valido la pena porque ganó. Y mientras los adultos del país se prestan para la celebrar el espectáculo, se reunirán en casas de vecinos y amigos, beberán sin ningún control, celebrarán cada puñetazo que dé Miguel Cotto. Mientras más letal el golpe, mayor será la celebración.  Si Cotto gana, su victoria servirá de pretexto para manifestar un orgullo nacional cohibido por los accidentes históricos. Gritarán, fuera de sí festejando una ocasión de “orgullo boricua”.
Mientras todo esto ocurre, millones de niños, sus hijos, los observarán. Y cuando esos mismos niños se encuentren en una situación de conflicto con otras personas, recordarán la alegría que sentían sus padres mientras Cotto golpeaba a su oponente. Y, si sus padres fueron capaces de semejante celebración en una noche como hoy por la competencia pugilística de un tipo que no conocen, será lógico pensar que también se sentirán orgullosos cuando sus niños lleguen a la casa con la novedad de que le partieron la cara a un compañero de escuela: finalmente, ¿no es lo mismo?
Queremos una sociedad más justa para nuestros niños, queremos menos violencia, hablamos de diálogo y de tolerancia. Pero aplaudimos como focas rabiosas las demostraciones políticas de testosterona de nuestros gobernantes, cuando actúan como gladiadores rabiosos en la arena política. Detenemos el país entero para ver a dos hombres—mortales como cualquiera—golpearse. Sin embargo queremos que nuestros hijos y nuestros vecinos se conduzcan con ecuanimidad  y criterio. Somos unos hipócritas.

lunes, 9 de abril de 2012

El muchacho de envidiable postura




El lenguaje corporal de las personas es verdaderamente sorprendente. Para ser una persona tan descuidada con respecto al propio—transparente como un cristal en cuanto a mis emociones—es sorprendente que note tanto el ajeno.
Estoy sentada en un Starbucks aprovechando las mini-vacaciones para adelantar mi tesis. Frente a mí observo a un muchacho con una actitud y lenguaje corporal muy inusual. Sentado en un pequeño sofá, tiene una postura envidiable, casi trinco, como si alguien le hubiera dicho toda la vida “siéntate derecho”.  Con los codos apoyados sombre ambas piernas,  sostiene un café en una mano y su celular en la otra. Está solo y mira a través de la ventana que da a la avenida. Casi juraría que espera a alguien.  En un ambiente como el de Starbucks, es común ver gente en actitud relajada, echados contra un sofá, sin prisas ni expectativas. Este muchacho de postura envidiable no baja la guardia, no se reclina contra el sofá. Sería fácil de entender su postura si tuviera un interlocutor con el que requiere proximidad para comunicarse. Sin embargo su “seriedad” , por ponerle un nombre, me parece más una actitud de expectativa, está listo y dispuesto para levantarse del sofá en cualquier segundo para recibir algo o a alguien.  Su pose y lenguaje corporal me hacen pensar en gente de otra época que trataban a toda hora de conducirse con propiedad y solemnidad. Nosotros somos más una generación de “dejarse llevar”, relajados e inconmovible frente a las corrientes de la vida. Este muchacho de postura envidiable es una ente anacrónico de nuestros tiempos. Finalmente entra un hombre de traje y lo saluda con un apretón de manos.
Entrevista de trabajo, lo explica todo.

sábado, 31 de marzo de 2012

I'm thirty

Well, almost... not exactly. To be precise, twenty nine days from today I'll spend my last day as a twenty-something year old.
To be perfectly candid, I have been dreading this time of my life since I was barely twenty. For some obscure reason, which I can't remember, this age seemed  to me like some kind of deadline, a doomsday prophecy of sorts. I spent my twenties fearing my thirties so much that I did not pay attention to what was going on. In the last ten years, I've made more mistakes than I care to count, I've met thousands of people, fell in love with some, disliked others, hated a few. I've had many jobs, I've made 180 degrees turns in profession and then 180 again landing me... you guessed it: exactly where I started.
I've travelled to new places, I've gone back to my home country,  I have figured out exactly why I am the person I am. I've given into temptations and I have also stood my ground. I've tried many things and discarded a few from my life. Some I miss, some I never did.
And though I know talking about age is a cliché.
I used to believe that the people who rock your world are supposed to stay in it forever; then I understood that some come in, make themselves important and then break you apart, those are the ones who actually force you to become who you are meant to be.
I finally found out what my thirties were a deadline for: figuring out the person that I am, the person I want to be. Even more so, with all these lessons comes a deep sense of freedom, the ultimate liberation: living a life to fulfill your own expectations, rather than other people's. Freedom, a highly underrated word.
I'm not there yet, it is a process. Someone that I respect very much once told me that you spend the first four decades of your life meeting the person who you are, building it, forging it; you enjoy it for a couple of decades more and then start saying good-bye to it. But for now, I'm me someone I get to know better every day.
I've spent three decades on this planet, I've lived in two different countries and I've learned three languages.   I am hoping to speak four before my fourth decade! I'm looking forward to it!!

lunes, 20 de febrero de 2012

El intento (inexplicable y leve) de ser


Hay muchas cosas que he intentado ser en esta vida: intérprete, bibliotecaria, editora, maestra, honesta, conformista, responsable, interesante, original, escritora... Y francamente no sé si he logrado con éxito ser alguna de las anteriores.
Converso mucho con la gente, me gustan las voces humanas. Admiro profundamente las idiosincrasias que se nutren de la tradición oral y que logran enriquecer su memoria colectiva a base de relatos. Aprecio las culturas que cultivan el gusto por la conversación. Me gusta conversar y converso mucho con mi abuela. Una señora de 82 años que—muy diferente a otras personas de su generación—tuvo la vida que quiso tener, no se rindió ante el miedo al cambio. “La vida es muy corta para ser cobarde”  es una de las frases más sorprendentes con las que me ha salido. 

Es difícil no ser cobarde porque la cobardía se confunde amalgamada con la comodidad. Y la comodidad, a su vez, se  fusiona con el conformismo. La crisis—de cualquier índole o naturaleza—es buena. Es buena en la medida que impulsa el movimiento, el cambio.

Es una anécdota un tanto cliché aquella de las personas de mediana edad que deciden sorprendentemente darle un vuelco a su vida para cumplir con las expectativas propias. Los “midlife crisis”  son la epidemia más representativa de los Baby Boomers. Entendible, por demás, que alguien decida romper con las expectativas de la sociedad para satisfacer las propias. Y a consecuencia de esta característica generacional de nuestros padres, nosotros—los hijos de los baby boomers—hemos sufrido de un “midlife crisis”  desde siempre. Desde siempre nos hemos cuestionado qué y quién se supone que seamos. Nuestros padres han tenido—en la mayoría de los casos—la delicadeza de no imponernos sus expectativas. Hemos crecido en un mundo donde nadie espera nada de nosotros, nada.
El precio que hemos pagado por esta aparente libertad en la búsqueda del ser es que nos quedamos muchas veces en el intento, el intento de ser.
A veces pienso en todas las cosas que he sido, en mi personalidad errática y mi motivación nula. Y no deseo que fuese de otra manera: en el intento de encontrar quién soy y lo que quiero, he descubierto que muchos están en la misma búsqueda y eso nos hermana.  Hace años leí una novela de Mercedes Salisachs  que plantea la siguiente idea: a veces el amor no se siente, se vive en la práctica.  Y he llegado a pensar que ese principio acude al rescate de la identidad propia: en la búsqueda por encontrar quienes somos, nos encontramos. Tal vez no exista una entrada de diccionario que pueda eficientemente definir ese hallazgo al que nos sometemos en el camino pero la realidad es que somos libres. La libertad es un objetivo en sí mismo y en el ejercicio de búsqueda estamos siendo libres. 
A veces padezco del síndrome psicológico de "todotiempopasadofuemejor" que tanto nos aqueja como sociedad y como individuos. Pero al mirarlo en su justa perspectiva, me regocijo en descubrir que hemos superado prejuicios, que hemos heredado una conciencia social y una memoria histórica que ya ha asumido la necesidad que tenemos de cambio. Es una maravillosa realidad--que tiene excepciones. Los ambientalistas ya no son locos fanáticos; la diversidad es buena; los niños tienen derechos; la educación es para todos y es necesaria; el prejuicio es malo, etc. Ideas que hace cien años hubieran resultado revolucionarias. Aunque no hayamos logrado poner estos ideales en práctica o resolver el paradigma de su implementación, se han convertido parte del discurso social "mainstream". Y eso es una buena noticia. Tal vez las generaciones futuras encuentren la manera de ponerlos en práctica. Ésa será la búsqueda de nuestros hijos cómo ser. 

domingo, 22 de enero de 2012

Mentiras que nos contamos para poder dormir.


Todo el mundo llora la muerte de una niña que no conocía; hablan, comentan y se quejan. La pobre niña muerta y todo el mundo capitaliza gracias a la tragedia.  El circo mediático sirve de escolta en un funeral. Y todos hablarán y se quejarán de la injusticia, de la impunidad.

¿Por qué nos duele más la muerte de esta niña que las mil y pico de muertes de todos los años? Todos los años mueren inocentes, y con menos gloria.

¿La verdad?
Que la sangre de ella cae sobre TODOS nosotros, que todos tenemos la culpa.

Vivimos en un país que le ha empeñado su alma al narcotráfico. No nos engañemos. Los vecinos de la niña que saben quiénes tiraron balas al aire en Año Nuevo no son tan diferentes a nosotros. Tienen miedo. Tenemos miedo.

Todos hemos sido testigo de algún acto ilegal, de algo sospechoso, de algo cuestionable.  ¿Cuántos hemos dicho algo? Ninguno de nosotros ha tenido el valor de hablar. Y, ¿para qué? Para que la policía  desestime nuestras sospechas porque ellos también tienen miedo. Tenemos miedo, con justa razón. El miedo es el verdadero regidor de este país, el miedo que sentimos frente a algo tan grande que no podemos ni nombrar.

En todas las esferas sociales de la isla hay gente que se lucra de las migajas del narcotráfico: distribuidores de armas, doctores que cobran por servicios individuales sin reportar lo que ven, comerciantes que venden autos de cincuenta mil dólares al contado, maestras que sospechamos de dónde sale el dinero que les permite enviar a sus hijos a colegios privados, políticos que reciben regalos y empeñan su palabra; somos todos miembros de la corte de estos faraones. 

Nuestra colectiva cobardía es el traje de luto que llevamos puesto para el funeral de nuestra dignidad.

Que descansemos en paz.

Bacteria

Julio-Agosto 2024 No lo vi venir. Veo venir muchas cosas, a veces me siento como Cassandra, pero esto no lo vi venir. Estoy, soy, sigo a...