jueves, 2 de julio de 2009

Morir en Venecia

Como muchos otros de los grandes escritores alemanes, Thomas Mann se dedicó con entrega y disciplina a explorar las posibilidades filosóficas y estéticas que la literatura permite. Y, en este balance de forma y fondo, muchos críticos se refieren a su obra como “perfecta”. Estudioso de los planteamientos de Nietzsche, también se preocupa por la exploración filosófica de la belleza desde la tradición griega. Mann no fue un hombre de expresa participación política hasta que la realidad nacional y continental se lo exigió. Fue un conocido opositor del fascismo durante la Segunda Guerra Mundial, pero al momento de publicar Muerte en Venecia (1912) todavía no había dado comienzo la Primera Guerra Mundial, por lo tanto, su compromiso político con las ideas democráticas no había tomado completa forma. Sin embargo, desde el comienzo de su obra fue un fuerte crítico y observador de la realidad burguesa en Europa durante el final del siglo XIX y principios del siglo XX.
Como parte de la autobiografía presentada por Thomas Mann a la Fundación Nobel en 1929, el escritor declara (refiriéndose a Las Confesiones de Felix Krull):
"Perhaps it is the most personal thing I have written, for it represents my attitude toward tradition, which is simultaneously loving and destructive and has dominated me as a writer."
Así que, tomando las palabras del propio escritor, para definir su relación con la tradición literaria sería necesario utilizar los términos amante y destructiva. Aunque se le llama el “último gran novelista del siglo XIX,” la obra de Mann tiene una correspondencia con el carácter crítico y psicológico que caracterizó a muchos de los grandes escritores del siglo XX. Aunque todavía no había visto las dos peores guerras del siglo cuando publicó Muerte en Venecia, ya hay una muestra de desilusión con los sistemas burgueses, una brutalidad cruel en las realidades que bien armoniza con el tono de la literatura europea posterior.
La Venecia decadente, enferma, que oculta sus pestes detrás del olor a desinfectante, bien podría considerarse una anticipación al panorama general de Europa durante la primera mitad del siglo XX. Sería difícil clasificar a este autor dentro de una escuela o estilo literario, su obra si bien denota algunas resonancias con el romanticismo de Goethe, tiene un carácter mucho más realista y psicológico.
Esta nouvelle gira en torno a la obsesión de Gustavo Von Aschenbach, un escritor alemán de razonable fama, con un joven polaco de nombre Tadzio. Durante un verano en Venecia, el hombre de unos cincuenta años comienza a adorar desde la distancia al niño. Haciendo caso omiso a la epidemia de cólera que se cierne por la ciudad, Aschenbasch sigue y alimenta su obsesión. A su vez, esta obsesión es un discurso acerca de la relación que existe entre el artista y la persecución de la belleza, la belleza planteada como un valor absoluto y venenoso que corroe la vida y la razón del amante.
La narración en esta obra es impresionante, aunque el tiempo imaginario de la diégesis son algunos meses el relato es lineal, hay una transición psicológica sutil y bien planteada. El tiempo no se define por fechas sino por los estados de un transe obsesivo, la focalización en esta obra narrativa se centra en los espacios sicológicos de Aschenbach. La profundidad con la que se explora la consciencia de este personaje es más fuerte que la anécdota misma. Al comienzo de la historia se presenta una síntesis de la existencia del personaje: su vida, su filosofía estética y sus logros, su relaciones humanas y su motivación inicial para el viaje a Venecia (aunque existe una dimensión más profunda y de carácter existencial en esta motivación). La psicología de este personaje casi rígido en sus planteamientos artísticos ( la creación como resultado del escrúpulo de la voluntad), se va estremeciendo y doblegando frente a la obsesión amorosa por Tadzio. Esta comienza con un admiración estética pero va tomando el lugar de su voluntad hasta que el personaje razonable, conmedido y respetable se convierte ante los ojos del lector en un ser patético, cobarde y sin control de su realidad.
El ritmo de esta decadencia está muy bien trabajado, no hay nada que pueda resultar abrupto, por lo tanto llega un momento en la narración en que uno se convence de que hubiera sucumbido a la obsesión de la misma manera al encontrarse en el lugar de Aschenbach. Ese transe que se presenta en la psiquis del personaje logra justificar un sentimiento enfermizo que en varios momentos se acerca a la pedofília.
Al terminar la lectura de esta nouvelle la palabra que mejor define la impresión inmediata sería “perfecta”, como han dicho algunos críticos. Posée un dinamismo poético que se arraiga en la exploración de la filosofía y de la psicología que define al artista; para mí un balance exacto de forma y fondo. Para llegar a la profundidad que tiene este relato, entiendo yo que se requiere una sinceridad existencial de parte del autor, la psicología del artista se desnuda sin problemas porque es el artista mismo quien la plantea, sin pretensiones de grandilocuencia existencial, al contrario un patetismo intrínseco en la obsesión. No hay ninguna intención adoctrinante, solamente un deseo real de explorar las obsesiones que pueden llevar a crear en cualquier manifestación del arte.
Aschenbach, como artista, es al principio de la historia un ser de contención, que evita activamente los excesos y las pasiones, pero como se plantea más adelante, casi al final:
“sólo la belleza , es al mismo tiempo divina y perceptible. Por eso es el camino de lo sensible, el camino que lleva al artista hacia el espíritu. Pero, ¿crees tú, amado mío, que podrá alcanzar alguna vez sabiduría y verdadera dignidad humana aquel para quien el camino que lleva al espíritu pasa por los sentidos? (...) ¿Pues cómo habría de servir para educar a alguien aquel en quien alienta de un modo innato una tendencia natural e incorregible hacia el abismo?”
Entonces la naturaleza misma del artista, del poeta, es la obsesión con la belleza (en el sentido más puro del concepto). Todo el que crea, persigue un ideal estético, sin compromisos didácticos, políticos ni sociológicos y en esa persecución existencial de la belleza, todo artista tiene en el fondo una psicología y un transe parecido al de Aschenbach con Tadzio.
Para mí, el mayor logro de la obra es la profundidad y exactitud con las que se trenzan la psicología, las motivaciones pasionales más comunes de la naturaleza humana, con la persecución sublime del arte, como si fueran dos caras de una misma obsesión.