domingo, 22 de enero de 2012

Mentiras que nos contamos para poder dormir.


Todo el mundo llora la muerte de una niña que no conocía; hablan, comentan y se quejan. La pobre niña muerta y todo el mundo capitaliza gracias a la tragedia.  El circo mediático sirve de escolta en un funeral. Y todos hablarán y se quejarán de la injusticia, de la impunidad.

¿Por qué nos duele más la muerte de esta niña que las mil y pico de muertes de todos los años? Todos los años mueren inocentes, y con menos gloria.

¿La verdad?
Que la sangre de ella cae sobre TODOS nosotros, que todos tenemos la culpa.

Vivimos en un país que le ha empeñado su alma al narcotráfico. No nos engañemos. Los vecinos de la niña que saben quiénes tiraron balas al aire en Año Nuevo no son tan diferentes a nosotros. Tienen miedo. Tenemos miedo.

Todos hemos sido testigo de algún acto ilegal, de algo sospechoso, de algo cuestionable.  ¿Cuántos hemos dicho algo? Ninguno de nosotros ha tenido el valor de hablar. Y, ¿para qué? Para que la policía  desestime nuestras sospechas porque ellos también tienen miedo. Tenemos miedo, con justa razón. El miedo es el verdadero regidor de este país, el miedo que sentimos frente a algo tan grande que no podemos ni nombrar.

En todas las esferas sociales de la isla hay gente que se lucra de las migajas del narcotráfico: distribuidores de armas, doctores que cobran por servicios individuales sin reportar lo que ven, comerciantes que venden autos de cincuenta mil dólares al contado, maestras que sospechamos de dónde sale el dinero que les permite enviar a sus hijos a colegios privados, políticos que reciben regalos y empeñan su palabra; somos todos miembros de la corte de estos faraones. 

Nuestra colectiva cobardía es el traje de luto que llevamos puesto para el funeral de nuestra dignidad.

Que descansemos en paz.