lunes, 20 de febrero de 2012

El intento (inexplicable y leve) de ser


Hay muchas cosas que he intentado ser en esta vida: intérprete, bibliotecaria, editora, maestra, honesta, conformista, responsable, interesante, original, escritora... Y francamente no sé si he logrado con éxito ser alguna de las anteriores.
Converso mucho con la gente, me gustan las voces humanas. Admiro profundamente las idiosincrasias que se nutren de la tradición oral y que logran enriquecer su memoria colectiva a base de relatos. Aprecio las culturas que cultivan el gusto por la conversación. Me gusta conversar y converso mucho con mi abuela. Una señora de 82 años que—muy diferente a otras personas de su generación—tuvo la vida que quiso tener, no se rindió ante el miedo al cambio. “La vida es muy corta para ser cobarde”  es una de las frases más sorprendentes con las que me ha salido. 

Es difícil no ser cobarde porque la cobardía se confunde amalgamada con la comodidad. Y la comodidad, a su vez, se  fusiona con el conformismo. La crisis—de cualquier índole o naturaleza—es buena. Es buena en la medida que impulsa el movimiento, el cambio.

Es una anécdota un tanto cliché aquella de las personas de mediana edad que deciden sorprendentemente darle un vuelco a su vida para cumplir con las expectativas propias. Los “midlife crisis”  son la epidemia más representativa de los Baby Boomers. Entendible, por demás, que alguien decida romper con las expectativas de la sociedad para satisfacer las propias. Y a consecuencia de esta característica generacional de nuestros padres, nosotros—los hijos de los baby boomers—hemos sufrido de un “midlife crisis”  desde siempre. Desde siempre nos hemos cuestionado qué y quién se supone que seamos. Nuestros padres han tenido—en la mayoría de los casos—la delicadeza de no imponernos sus expectativas. Hemos crecido en un mundo donde nadie espera nada de nosotros, nada.
El precio que hemos pagado por esta aparente libertad en la búsqueda del ser es que nos quedamos muchas veces en el intento, el intento de ser.
A veces pienso en todas las cosas que he sido, en mi personalidad errática y mi motivación nula. Y no deseo que fuese de otra manera: en el intento de encontrar quién soy y lo que quiero, he descubierto que muchos están en la misma búsqueda y eso nos hermana.  Hace años leí una novela de Mercedes Salisachs  que plantea la siguiente idea: a veces el amor no se siente, se vive en la práctica.  Y he llegado a pensar que ese principio acude al rescate de la identidad propia: en la búsqueda por encontrar quienes somos, nos encontramos. Tal vez no exista una entrada de diccionario que pueda eficientemente definir ese hallazgo al que nos sometemos en el camino pero la realidad es que somos libres. La libertad es un objetivo en sí mismo y en el ejercicio de búsqueda estamos siendo libres. 
A veces padezco del síndrome psicológico de "todotiempopasadofuemejor" que tanto nos aqueja como sociedad y como individuos. Pero al mirarlo en su justa perspectiva, me regocijo en descubrir que hemos superado prejuicios, que hemos heredado una conciencia social y una memoria histórica que ya ha asumido la necesidad que tenemos de cambio. Es una maravillosa realidad--que tiene excepciones. Los ambientalistas ya no son locos fanáticos; la diversidad es buena; los niños tienen derechos; la educación es para todos y es necesaria; el prejuicio es malo, etc. Ideas que hace cien años hubieran resultado revolucionarias. Aunque no hayamos logrado poner estos ideales en práctica o resolver el paradigma de su implementación, se han convertido parte del discurso social "mainstream". Y eso es una buena noticia. Tal vez las generaciones futuras encuentren la manera de ponerlos en práctica. Ésa será la búsqueda de nuestros hijos cómo ser.